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FACHA

 


Tenga sentido o no, el otro día Pablo Iglesias llamó comunista a Ayuso... Conste en acta.

Bien. Me han preguntado (o no) por el tema de Ucrania-Rusia. Claro, yo creo que eso es algo muy serio que la gente se toma muy en serio y casi me apetece más hablar de lo contrario: Algo nada serio que la gente no se tome nada en serio. Así que, eso: Pablo Iglesias.

Después de Alberto Garzón, Pablo Iglesias es el mayor troll de España. Le ha salido muy bien la cortina de humo de la mansión. Poniendo en bandeja el vilipendio por Marqués de Galapagar, no sólo se ha agenciado esta suerte de título nobiliario inoperante pero rechulón, sino que nos ha distraído a todos de la terrible realidad:
 Se había convertido en algo peor.
Algo peor que un hidalgo apiscinado: un progre malasañero.
No por nada se ha montado un podcast.

Casi ayer Pablo Iglesias surcaba los vientos del comunismo y dejaba en el cielo estelas, quemtrails cargados de esperanza y promesas de cambio. Cantaba la Internacional en karaokes, megafoneaba “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”, lo petaba en los debates, comparaba a Santiago Abascal con Paca la Piraña (en detrimento del primero) y le regalaba Dvd's de Juego de Tronos al Rey. ¡Al Rey, tú!
Pablo Iglesias molaba
.
Pero ahora está en su etapa “te quiero ride como a mi bike”.

Ahora dice palabrotas. Dice frases como “...Y al niño hay que comprarle los
putos yogures de la patrulla canina, joder” . Pulula por la SER y no se deja un micro en el que anunciar todo lo enfant terrible que es. Intenta apelar a todos los votantes a los que defraudó o perdió por el camino, con la candorosa intención de convertirles ahora en sus oyentes.
Es un profesor de gimnasia metemanos de mediana edad que agrega en Facebook a las alumnas que van cumpliendo los dieciocho para ver si caza a alguna que todavía no le haya pillado asco. “Heyyy olvidona” les dice.

Antes plantaba cara al sistema y ahora hace sketches y explora sus capacidades interpretativas. O son pocas o todo lo contrario. Qué miedo. La que se avecina. La que se avecina es una sitcom en el palacio de Galapagar. De esas que las plataformas te venden como “irreverentes” y
los actores están sólo un poco menos sobreactuados que las risas enlatadas. Y las actrices cobran menos. “Nobleza rojuna”, “Big Marx Theory”, “El bolí-Bar”, “Goodbye PabLenin”... (tengo más pero os los perdono)

Conste que no quiero hacer de menos (ni mucho menos) a la señora Montero. Siempre creí que Irene aguantaría más en el tablero político que su marido. Irene Montero también molaba. Hasta me acuerdo de cuando hablaba y decía cosas mucho más interesantes y meritorias que
los malabarismos lingüísticos que hace ahora para conjugar 4 géneros distintos hasta en un adverbio si le cabe.

Tiempo al tiempo y la gente problemática ( o no) , del lado que sea,  termina disimulando trapos sucios o vergüenzas del pasado con bailes y canciones. Ahí está la mariposa de mask singer. (si no la habéis pillado, buscadlo, merece la pena). Por no hablar de Cristina Cifuentes y Celia Villalobos verduleando por los platós de Mediaset. (La última tirándole beef a Pablo para ver si le entra al trapo). Un día estaremos acostumbrados a ver a nuestro ex-vicepresidente ganseando en La Resistencia.

Ahora,
Pablo no es el único que ha cambiado su vocación. Toda la izquierda se dedica al entretenimiento;
Nos deleitan con cortes de pelo y cambios estéticos, cuentan historias de terror sobre ultraderechas acechadoras, invocan cloacas tenebrosas, sobreactúan aspavientos frente a “burbujas mediáticas”, y montan pollos de macrogranja. Tanto show para tratar de distraernos fallidamente de la idea de que se convirtieron en todo aquello con lo que se les llenaban los megáfonos en Sol.


A
hora que Pablo Iglesias está fuera de la política y se ha puesto la chupa vaquera emparchada a lo canallita demodé, va a terminar desvelando algo importante sobre la izquierda:

Se ve que en algún momento los políticos de izquierdas se dieron cuenta, antes incluso que sus propios votantes, de una cuestión fatal. Ya nadie es de izquierdas. Aunque les voten.
Han cambiado el foco de atención en los intereses de la mayoría por las pataletas de algunos ruidosos. Han cogido y convencido a colectivos de que no tienen a nadie, pero que les tienen a ellos. Les han metido miedo y ofrecido su protección.
Azuzan las ascuas de Twitter
para crear fuegos y ministerios.

Guardemos un minuto de silencio por el Pablo que se proclamaba patriota y rompía con esa absurda incompatibilidad entre los balcones rojigualdados y el sentimiento tricolor. Forzó la dualidad y se estrelló en la dicotomía de ser un feminista superdeconstruide y a la vez retener la tarjeta de memoria personal de una mujer mayor de edad para PROTEGERLA.
El gran faro del progreso ahora se ha convertido en un neón roto que anuncia buenos ratos en las largas noches de carretera y soledad.

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