Hoy
es día lectivo y en la Plaza del 2 de Mayo, sobre la 13 de la tarde,
hay floristas con tatuajes, borrachos varados en los bancos,
paseadores de perros, monjas, pintadas con el símbolo de la anarquía
(sea lo que sea eso) y padres bebiendo vermú mientras sus hijos
juegan en el parque infantil. Debería hacer frío pero no lo hace.
Yo digo que los padres y el vermú y los niños y los columpios son un
despliegue de equilibrio involuntario de la condición humana. Con
vermú los padres ya no son tan agotadoramente padres y con columpios
los cachorros no son tan insoportablemente niños. Las chiquilladas
no lo son tanto si se vigilan con una copa en la mano. Lo mejor del
vermú es que tiene su hora. Es la hora del parque para los adultos.
El aire es de tregua. A la hora del vermú todos somos iguales. Alguien
ha salido antes del cole, alguien ha salido antes del trabajo, ¿Qué
hacemos? Recreo para todos.
La arena hoy no debe estar tan sucia
( la suciedad de la arena se calcula según los gritos y advertencias
de los padres ) y también los centinelas respiran aliviados de no
tener que entregar su teléfono móvil para entretener a ninguno de
sus cautivos ( sobre todo después de haber leído en algún libro
sobre la gestión de cautivos o en algún post de Facebook, lo
negativo que puede llegar a resultar el uso de aparatos electrónicos
en el desarrollo cognitivo de los mismos.) Hoy todos son iguales. Los
padres también han leído en algún sitio algo sobre sus niños
interiores, que a esos hay que cuidarlos también, seguramente. Sus
niños interiores quieren hoy vermú y lo tienen, sus niños
exteriores quieren que les dejen hacer en paz y también lo tienen.
Hoy la edad hace tregua.
Hoy todos somos niños y hay un niño
paniqueando al borde del tobogán. Ha subido hasta ahí pero el
terror y la altura le han hecho colapsar. No debería darle miedo,
pero lo hace. ¿Qué hacemos? Porque eso también nos pasa a los
adultos. Su madre se acerca a tratar de calmarle. Sofocar el llanto
vivo. Lleva un vermú en la mano. Ella tiene miedo de no ser tan
buena madre como le gustaría ser y de que le entre arena en la
bebida. Pero ¿Y los demás? Todos los que no existimos en esta
guerra parada, qué.
Yo estoy sentado en la terraza, entre el
bar, el parque y la floristería. Yo también he leído en algún
post o en algún libro que de la naturaleza siempre hay algo que
aprender. Con la suerte de ser educado a la vez por los padres y por
sus análogos, creo haber aprendido algo.
Los demás, igual que
el niño llorón, tendremos que sustituir en algún momento a los
centinelas circunstanciales de la vida por nuestra propia memoria.
Así, la próxima vez que nos broten los terrores salados por los
ojos, tal vez sí podamos escuchar el susurro de la experiencia, que
con aliento de naranja, olivas y hielo, nos calme al borde del
tobogán. Oye, chato, que después del arrojo viene lo divertido ¡Al
otro lado del miedo! Y nunca tantas lágrimas te llegará a provocar
el posible rechazo de la florista tatuada cuando te atrevas a
acercarte para invitarla a tomar algo. Los que tomen vermú, tengan o
sean niños, y los que todo lo anterior, lo entenderán.
Me
queda sólo un trago. La vida debería dar miedo, por eso lo hace.
Comentarios
Publicar un comentario