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Gente alta

 

Llegan las Navidades y eso es una cosa muy de niños. Durante el resto del año uno escucha por ahí que hay que cuidar del niño interior. Se lo escucha a una chica hablando con su amiga en el autobús, o a un donjuán tratando de conquistar a una muchacha en la barra del sitio, o a lo mejor lo lee uno en el encabezado de algún artículo de divulgación pseudocientífica en internet o en una foto con mucho color y contrataste y flores o corazones o columpios, de esas que comparten las primas, los sudamericanos y la gente con traumas. Incluso a alguna de esas personas cuyos psicólogos no les han explicado que a los demás nos resulta tediosísimo cuando no paran de citar los titulares descontextualizados con los que hacen valer su minuta.

Yo normalmente no se qué hacer para cuidar al niño ese que dicen que hay dentro de mí, a menos que se refieran a lo que ya hago de vez en cuando, que es comportarme con un mequetrefe insoportable y desconsiderado para conmigo mismo y la gente que me rodea. Eso y tenerle miedo al dentista. He intentado ver la patrulla canina pero no me engancha. Me seducen los columpios nuevos de la Pza de España, pero si no confío en la excusa esa de cuidar a mi niño interior para defenderme de las miradas de desaprobación del resto de los adultos que llevan a sus hijos allí, menos aún creo que vaya a convencer a las autoridades que de vez en cuando rondan el parque de que lo que estoy haciendo tiene más que ver con mi bien-estar espiritual que con
las cosas que hacen los adultos grises y sin niños en los parques infantiles.

Almeida, por ejemplo, daba brincos como un niño jugando a Humor Amarillo para cruzar un riachuelo en no se dónde mientras un montón de adultos enterraban a Almudena Grandes. Y el año pasado cuando inauguró el alumbrado navideño de su ciudad no supo ni contar para atrás de la emoción con la que le invadía tanto brilli brilli. Al hombre se le ve tan feliz que
la barrera entre el niño y el alcalde se diluye a ojos de militancia y oposición.

Lo que si que he descubierto es que me encanta ver señores altos por la calle. Es como ver una estrella fugaz y por eso pido un deseo. Me emociona. Pero altos, altos digo. 2 metros mínimo. Una vez creo que vi a uno de 2 metros y medio casi seguro. Siempre que veo a alguien muy alto por la calle le informo del caso al siguiente conocido con el que me junte ese mismo día (que a veces es un amigo o un vecino y otras veces es el dependiente de la tienda dónde le compro huesos a mi perro.)
Una vez vi dos señores altísimos el mismo día
. No iban juntos, no salían de su club ni nada. Uno a eso de las 11:30 de la mañana y el otro a las 19:00 de la tarde. Nadie me creía.

Cuando veo alguien alto por la calle me dan ganas de señalarlo y liberar de mi cuerpo los sonidos de asombro que me esfuerzo por reprimir ( porque como ya he expuesto antes, trato de ser un buen ciudadano). Es ver un señor alto por la calle y se me enciende algo dentro. Será el niño ese. Quiero acercarme a ellos y decirles “¡Caray! ¿Te tienes que agachar en los sitios? ¿Y cuando entras en el metro? ¿Y no te sales de la cama? ¿Y no te das con los marcos de las puertas? ¿Juegas al baloncesto? ¿Cómo haces en los conciertos? ¿Y te dejan subir a la Lanzadera del Parque de atracciones, porque un niño de mi clase dice que su padre es el más alto de todos y que una vez no le dejaron subir a la Lanzadera porque era demasiado alto y en verdad el niño del que te hablo es el más alto de la clase pero mamá dice que ya pegaré el estirón yo, pero yo no se si quiero pegar el estirón porque me daría vergüenza que la gente me mirara por la calle y porque el niño alto de mi clase no me cae bien... Pero es verdad que es alto... ¿Lo conoces?”
¿Soy ya mejor persona? ¿Soy ya más como Almeida?


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