Un
día Cristina Pedroche
va a entrar desnuda en
tu casa y no vas a saber qué cara poner. Pon buena cara, por favor.
Que la tenemos en Twitter.
El caso es que Cristina Pedroche
va a presentar las campanadas le moleste o no a tu tío. Y para que
no se le olvide a nadie, salió el otro día a grabarse y sacarse
fotos paseando por Madrid desnuda. A la vez, Cristina espera que se
nos haya olvidado que el año pasado hizo exactamente lo mismo. No
se nos ha olvidado, pero no pasa nada, lo entendemos. Cristina sólo
tiene una unidad de cuerpo para desnudar y este año hacía demasiado
frío como para subir la apuesta y quitarse también la piel.
Como lo coherente y lo cabal no está reñido con pasearse con el
traje de nacimiento por la Calle Alcalá en invierno, Cristina
explicó sus razones vestida en Zapeando: “Estoy orgullosa de mi
cuerpo”. Aquí hay una lección importante: El orgullo te da
derecho a todo.
Yo estoy
orgulloso de mis folículos capilares y por eso voy por la Gran Vía
asaltando a las señoras para ofrecerles mi cabellera:
¡Tire señora, tire sin miedo! ¡Agarre bien, mujer, con fuerza!
¡¿VE?! ¡¡¡VEA!!! ¡¡¡No corra, señora!!!
Si alguien me dice algo, esgrimo que lo hago en nombre de los calvos.
Yo estoy a
tope con Cristina, de verdad. Ole y ole. Pero no puedo evitar
preocuparme ( aunque no esté legitimado para ello) por las
situaciones a las que expone a ese cuerpo suyo bajo el pretexto del
orgullo. Es invierno y da la sensación de que el cuerpo de Cristina
Pedroche ha sido secuestrado por Cristina Pedroche.
El
cuerpo de Cristina Pedroche es esa niña china educada y talentosa
que un matrimonio de clase alta ha adoptado para apuntarla a clases
de violín y poder azuzársela a los invitados de sus guateques para
que toque el Canon de Pachelbel cuando ya es tarde y todo el mundo
está borracho. “¡También juega al ajedrez, no veas! El otro día
casi gana a Rafael, ¿Verdad, Rafa? Estamos pensando en llevarla a
Got Talent.”
El video promocional de Cristina tiene algo
aún más absurdo de lo que podía uno imaginar. Algo que nadie había
pedido. ( Supongo que alguien sí que habría pedido que saliera Cris
desnuda por la calle, como mínimo, ella misma). No, no, el auténtico
disparate es que: tiene NARRATIVA.
Os la cuento y así de paso
amortizo tantos cursos de guión:
Cristina se baja de un
taxi en la Calle Alcalá, un par de manzanas antes de llegar a Sol.
Se entiende que porque es de Vallecas y sabe que uno no se baja del
taxi en el sitio al que va, se baja unas manzanas antes y así se
ahorra un poco de taxímetro, se da un paseíto y la información sobre
su paradero no queda comprometida. Entonces le llega un wassap.
Alguien que
tiene su número de teléfono
le ha enviado una foto suya y ha añadido: “Otra vez desnudarte
para llamar la atención. Qué pasa? No sabes hacer otra cosa?”.
Ya tenemos el antagonista. El Moriarty de Pedroche. Tiene su
teléfono. Podría ser un ex resentido, un viejo amigo que no supo
encajar la fama de la famosa, una envidiosa de la facultad, o su
novio gastando una broma de mal gusto. Pero no, el antagonista es una
idea, es un símbolo, nos representa a todos los españoles. El
Moriarty de Pedroche es España.
Para demostrar el error de
su némesis, Cristina hace algo que yo no entiendo del todo porque
estudié cursos de guión y no de debate: Se desnuda. ¿Crees que
sólo se desnudarme para llamar la atención? Te vas a enterar ¡Ala,
me desnudo y llamo la atención! ¿Cómo te quedas?
Confuso. Cristina gana por KO de Konfusión.
Luego camina por el
centro de la calzada, porque una no puede ir desnuda por la acera,
hombre, parecería una loca cualquiera. Camina por Alcalá desnuda y
bastante enfurruñada ante la ya no tan sorprendida mirada de los
viandantes, que no nacieron ayer y ya se saben la peli. Pero ella va
muy enfurruñada porque está escogiendo mal a las personas a las que
le da su número de teléfono y porque es buena actriz y sabe que en
el montaje de post-producción meterán gritos del tipo “¡Pedroche,
de qué vas!”.
Entonces la vallecana llega a Sol y parece que
tiene un plan. Entra la cartela: “CONTINUARÁ...”.
Agárrate los machos que este es un desnudo por capítulos.
Hoy ha salido el segundo capítulo de la saga. No tiene desperdicio. Pero ya es arte-ensayo o sea que ni lo he entendido ni quiero hacer spoiler. Bueno, un poco sí: Cris va a dar las campanadas rapada porque es valentísima, está hasta las cejas de orgullo y ya no se le ocurría otra cosa. La entiendo. A mí tampoco.
Hoy en
día resulta peliagudo reaccionar a las excentricidades que haga (o
le hagan) hacer a una mujer, sin activar alguna baldosa trampa y que
la gran bola del feminismo hegemónico eche a rodar sobre ti.
Hay que ser Indiana Jones. Pero uno así deconstruido y queer, si
puede ser vegano, no binario, que donde ponga el ojo ponga el
pronombre adecuado y que azote con el látigo de la asertividad, no
Harrison Ford. Ya somos mayores para Harrison Ford. Él el primero.
Todo
significa algo. Todo lo que digas, todo lo que pienses y todo lo que
se le ocurra que has dicho que piensas a uno que pasaba por ahí.
Tienes que tener en cuenta lo que significa que Cristina Pedroche
entre desnuda en tu casa sin previo aviso y tener cuidado con lo que
signifique la cara que vayas a poner.
Si pones mala cara podrías
estar oprimiéndola y si oprimes a Cristina Pedroche, saben las
diosas que oprimes a todas las mujeres, porque de algún modo que
seguro explicaron en la 2ª temporada del feminismo de Twitter, pero
que ya no recuerdo; Cristina Pedroche es todas las mujeres.
El
otro día quedé con un amigo íntimo. De incuestionable confianza. Fuimos a un recoveco apartado en el Parque del Oeste. Nos
desviamos para atravesar una zona de sotobosque que conecta con el
Pardo. Nos pusimos las zapatillas al revés, para despistar a
cualquiera que tratara de seguir nuestro rastro de huellas. Llegamos
hasta los pies de un cerro alejado de la mano de dios, en el que
había una grieta a través de la cual accedimos a una pequeña
cueva. Guardamos 10 minutos de silencio en la oscuridad. Entonces
dije: “Que pesada Cristina Pedroche”.
Aún así tengo miedo
de que Leticia Dolera haya podido escuchar mi misoginia.
Perdóneme Madre, porque he pecado. He cedido ante mis bajas
pasiones. Y lo más extraño de todo es que al hacerlo, de algún
modo, se me ha reconciliado el alma con Cristina.
La mujer
es como un nene que ha dicho una palabrota y la gente le ha reído la
simpática transgresión. Claro, eso sienta muy bien. A ver quién
para luego.
Al final Cristina es una pesada porque todos somos
unos pesados con Cristina. Es una relación amorosa de patio de
colegio. Nos tiramos del pelo porque nos queremos.
Así que
escúchame bien (aquí te agarro por la pechera): Si Cristina
Pedroche aparece en tu casa, en mitad de tu cena, sin previa
invitación y con 3 camarógrafos ((agito la pechera)) TÚ bajas esa
mirada chovinisto-hetero-patriarcal al plato y brindas por la
liberación de... No se, de ¡Cristina Pedroche!
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