Malos días para los yonkis de la vulcanología y la actualidad. Los expertos han anunciado el final de la erupción en La Palma y la parrilla televisiva tirita como un politoxicómano que se va de rave el finde y tiene al camello en cuarentena.
Todo toca a su fin. Ahora hay que seguir adelante. Nos habíamos convertido en un espejo del volcán y según se iba desinflando nuestra atención, así lo hacía su actividad. Ha sido una ruptura natural. No hay que lamentar bajas humanas y lo pasamos bien durante un tiempo, pero ahora atravesamos ese momento vital en el que debemos abrirnos a conocer otras noticias. Cada uno por su lado y ya coincidiremos de nuevo en algún reportaje conmemorativo de relleno en La Sexta.
La tacha, por muy unidos que nos sintiéramos gracias al pegamento del drama, es la relación tóxica con la información. Después de lo de Marruecos y Afganistán, nos quitaron el mono de geopolítica con morfina lávica de producción eco-nacional. Ahora necesitamos algo a lo que engancharnos para mitigar las ganas de geología.
Algún drama con cobertura 24/7. Para poder verlo y decir: “Es una gran tragedia” y seguir rebañando el yogur de coco y rebuscando entre las ofertas de Amazon.
¿Qué hacemos? Porque retomar ahora lo de Afganistán, qué pereza de percal ¿No? Y a quién le importa Yemen. Propuesta:
En lo que no nos castigue el clima, le pase algo malo a un niño, talibaneen los talibanes o alguien tosa raro, yo sugiero que hagan seguimiento de las peleas de yonkis de mi barrio.
No por lo dramático y seductor de una riña de yonkis en si misma, ya que para el espectador medio los yonkis todavía tienen la culpa de ser yonkis... Son palmeros que le han dado al botón de encender el volcán. Y la moda de salud mental sólo nos importa cuando afecta a gente con redes sociales. Si tienes depresión pero no Instagram, no tienes nada.
Lo propongo más bien por el variado abanico de temas que ofrecen a un público sediento de debate, polémica y argumentación. Las riñas de yonkis tienen escaletas más cargadas que la de Al Rojo Vivo (donde al final todo el mundo dice lo mismo). Los yonkis son contundentes y despiadados. No hacen concesiones. Un debate en los bancos del 2 de Mayo no lo media ni Ferreras puesto de eme.
Si al ciudadano medio le cuesta conectar con una de estas riñas, al final, es sólo por las formas. La rudeza, el volumen, el desgarramiento alquitranado de las gargantas, el vocabulario y el vestuario nos echan para atrás. No es lo mismo escuchar una voz delicada y efébica hablando de “transexclusión, heteropatriarcado y burbujas mediáticas de la ultraderecha”, que asistir al estruendo cavernoso de un “Por mi madre muerta que te apuñalo la garganta”.
Aún así, hay más dignidad y humanidad en una pelea entre dos yonkis que en 100 rifirrafes de Twitter. Y vale más un puñetazo que mil storis.
Dos cosas sobre las que no verás discutir nunca a los yonkis: el uso del lenguaje inclusivo y la cuestionabilidad del remake de una película exitosa en la que han sustituido el campo de nabos que conformaba el elenco original de protagonistas por un sano y variado grupo de mujeres, con su mujer racializada, otra así como andrógina y nombre neutro, una con mechas de colores, etc...
No. Las riñas de los yonkis radican siempre en los mismos cuatro pilares. Conceptos que bien nos gustaría inculcar a nuestros hijos: Honradez, lealtad, respeto y sentido de la convivencia.
Nos creímos aquello de que el honor era cuestión de disputa entre caballeros de buena cuna cuando realmente es un tema que se resuelve más a menudo entre cartones y cristales. Esto es así: Cuanto menos tiene uno, con mayor vehemencia condena la falta de rectitud moral.
Un yonki no discute porque le roben una botella. Una botella es una botella. Y un yonki discute porque robar no es justo.
Si todavía alguien guarda reparo en esto de democratizar televisivamente estas trifulcas de sarro, saña y pulmón, calma; Tengamos en cuenta que estoy hablando de yonkis de Malasaña. Ni de Orcasitas ni de Virgen del Carmen ni cualquiera de esos barrios que no existen para nadie hasta que hay que llevarse las manos a la cabeza porque han votado a Vox.
Entran dentro de esa tragedia que, por cercana, ayuda a estimular un poco la empatía... Pobres hay por todas partes, lo que necesitamos para sentirnos bien por sentirnos mal es que se parezcan un poco a nosotros. Negros que chapurrean español, refugiados blanquitos, indigentes con iPhone.
Por no hablar de la carga visual y lo espectacular de una buena riña. Hasta podríamos retomar aquel debate tan prolífico de cuando el volcán: “Es bonito pero no”.
Hoy terminaban mis 10 días de cuarentena. He salido a dar un paseo y me he encontrado con una riña de yonkis en la Plaza de la Luna. Ha sido como llevar 10 años sin ir al cine y meterse a ver la última de Los Vengadores.
Si alguien tiene algún problema con la naturaleza de mi propuesta, atenderé con gusto a las razones por las que lo que yo digo está mal, pero la Isla de las Tentaciones está bien. Eso sí, lo atenderé en el la plaza. Y lo hablamos como buenos yonkis.
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